Esta es la historia del actor más famoso del mundo de la década del '60, de su afición a las carreras, de un reloj, de un símbolo de masculinidad. Algunos lo conocían como el rey de lo Cool y otros como Harvey Mushman, para el resto de los mortales, hoy hablamos de Steve McQueen.
En los años sesenta, si buscabas el nombre Steve McQueen en las listas de largada de las carreras de motos en California, no lo ibas a encontrar. Pero estaba ahí. Harvey Mushman era el seudónimo que usaba el actor mejor pagado del mundo para poder correr sin que nadie lo reconociera, sin que los estudios le cortaran los fondos y, sobre todo, sin que nadie lo tratara distinto a cualquier otro tipo con casco y guantes. El problema era que no podía esconderse: su estilo de conducción era inconfundible. "Era fuerte, rápido y temerario", recuerda su asistente de dirección.
McQueen no quería ser el actor que corría, simplemente quería correr sin que se den cuenta los ejecutivos de los estudios de Hollywood que no verían con buenos ojos que arriesgue su vida el actor mejor pago del momento, paradojicamente su muerte ocurrió lejos de las pistas.
La carrera que define a McQueen como piloto de verdad fueron las 12 Horas de Sebring de 1970. Había llegado a la carrera en muletas con un yeso. "El pie está roto en seis lugares", explicó a los reporteros de televisión con toda naturalidad. "Tuvimos que acortar el pedal izquierdo del auto y pegarle papel de lija a la suela de mi zapato para poder pisar el embrague." La idea de no correr nunca se le cruzó por la cabeza.
McQueen, junto al piloto Peter Revson, -otrora Gentleman driver, dueño de la empresa de cosméticos Revlon- ganó la clase de 3.0 en su Porsche 908 y segundo en la general a sólo 23 segundos de un campeón profesional: Mario Andretti.
Ese mismo año quería correr las 24 Horas de Le Mans junto a Jackie Stewart en un Porsche
917. Por razones de seguro, esto le habría causado problemas sin fin con los estudios de Hollywood. Por primera vez en su vida, McQueen retrocedió. En cambio, llevó una cámara al circuito y filmó lo que se convertiría en la película de carreras más auténtica jamás hecha. Despidió al primer director,
John Sturges, porque querer filmar una historia de amor en el fondo del argumento. Para McQueen, la carrera en sí misma era la historia de amor y fue un fracaso de taquilla, metafóricamente, como todo amor veloz, le dejó el corazón roto.
El Monaco: un reloj que nadie quería, hasta que lo usó él.

El Heuer Monaco -Tag aún no era de la partida- fue presentado en 1969 como una línea de cronógrafos automáticos creados para conmemorar el Gran Premio de Mónaco. Caracterizado por su caja cuadrada, fue uno de los primeros. Había sido diseñado como un cronógrafo de
vanguardia del futuro y no se parecía a ningún otro reloj hecho hasta ese momento. Pero el mercado no lo recibió con las manos abiertas.
Así llegó al set de Le Mans.

Lo que hace al Monaco especial no es que Heuer lo haya puesto en el film. Es que McQueen lo eligió. Mientras se preparaba para el rol, el actor estudió a los mejores pilotos del mundo. Las estrellas del automovilismo de la época se paseaban por los pits con los enteritos con el logo de Heuer bordados y a McQueen le gustó el look, y empezó a decidir qué Heuer usaría ya que inicialmente quería usar un Omega. Pero Nunley le dijo que no podía usar un Omega mientras llevaba el logo de Heuer en el enterito. Así que su siguiente elección fashionista fue elegir al Monaco de cuadrante azul.
La historia cuenta que cuando buscó el consejo de su amigo Jo Siffert para mejorar su desempeño en las pistas, Siffert, que además de piloto de carreras, era portavoz tanto de Heuer como de Gulf Oil Corporation, le prestó su buzo de carreras, con los colores de Gulf y el logo "Chronograph HEUER" bordado en el pecho y lo adoptó.
Otra anécdota que lo viste, dice que en el último día de filmación, después de bajar a toda velocidad por Mulsanne y entrar a boxes, McQueen, se sacó el reloj y se lo regaló a su mecánico en jefe, Haig Altounian, que se emocionó hasta las lágrimas al darse cuenta que le había mandado a grabar previamente: "por mantenerme vivo".
A otro colaborador, su asesor financiero Bill Maher, le regaló otro de los Monacos usados en el set. Se le atribuye a ese asesor haber salvado a McQueen y a su empresa Solar Productions de los problemas financieros que tuvieron durante el rodaje.
Los relojes del set de Le Mans son hoy también protagonistas, pero en las casas de remate. Uno de los ejemplares, con pulsera de acero, se vendió en Sotheby's Nueva York en diciembre de 2024 por 1.440.000 dólares. Los seis relojes restantes, tienen una base de medio millón de dólares por un reloj que en 1969 no se lo vendían a nadie a pesar de la publicidad que trajo la aparición de McQueen en Le Mans. Su caja cuadrada, su geometría y su esfera azul eran simplemente demasiado futurista para los compradores conservadores y fue discontinuado.
Reapareció en 1998 cuando el culto a McQueen empezó a crecer en una nueva generación de coleccionistas.
Lo que los relojes documentan
Lo notable de este tipo de relojes no es que no sean relojes famosos porque los usaron personas famosas. Es lo contrario: son famosos porque documentan algo real. El Monaco tiene marcas de uso como la malla con un solo agujero desgastado, el Daytona de Newman tiene una inscripción que es, en realidad, una confesión de amor de su mujer. Ninguno de los dos fue diseñado para ser legendario. Uno era un reloj que no vendía. El otro era un regalo de una mujer preocupada. Lo que los transformó fue la autenticidad de quienes los usaron y las historias que esos usos generaron.
Eso es, en el fondo, exactamente lo que hace que un objeto valga lo que vale. Un objeto ordinario que se convierte en extraordinario por la historia que lleva.

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