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#051

Presidente, use la lapicera...

Una historia que comienza con la Montblanc de JFK

· Lapiceras,Coleccionismo,Montblanc


John, me presta su lapicera?

En junio de 1963, en el Rathaus Schöneberg de Berlín Occidental, el canciller Konrad Adenauer no tenía lapicera para firmar el libro de visitas. John F. Kennedy, que estaba a su lado, sacó la suya y se la prestó. Era un Montblanc Meisterstück 149 —negra, con sus herrajes dorados, con el número 4810 grabado en el plumín, la altura del Mont Blanc en metros. Un objeto que en ese momento costaba lo que costaba una cena en un buen restaurante.
Hoy, ese mismo modelo de los años sesenta, en buenas condiciones y con su documentación original, se consigue en el mercado secundario por varios miles de dólares.
Pero eso es solo el principio. Hay algo que diferencia a las lapiceras de tinta de todos los demás activos de colección. No son el objeto más caro. No son el más escaso. No tienen el glamour de una Ferrari ni la épica de un Rolex Submariner. Pero tienen algo que ningún otro coleccionable puede reclamar: son el único objeto con el que firmás tu nombre.
Con una lapicera de lujo, no solo escribís. Ejecutás un acto que la civilización lleva milenios considerando definitivo. Firmás un contrato, una carta de amor, un testamento. La lapicera de tinta no es solo escritura: es autoridad, es identidad, es presencia.
Y sin embargo, durante décadas el mercado de lapiceras de colección fue tratado como el rincón excéntrico del coleccionismo. El lugar donde iban los que no podían permitirse un reloj de verdad.
Eso terminó.

El mercado de las lapiceras de lujo

El mercado global de lapiceras de lujo fue valorado en cerca de tres mil millones de dólares en 2024. Para 2033, las proyecciones lo llevan a superar los cuatro mil millones. Pero los números del mercado general no son lo que importa aquí: lo que importa son los retornos de inversión.
Las piezas de marcas de primer nivel se han apreciado entre un 10 y un 19% anual en los últimos cinco años, por encima de la mayoría de los fondos de renta fija y a la par de los mejores relojes del segmento medio. En el segmento de ediciones limitadas con materiales preciosos o producción reducida, los múltiplos empiezan a parecerse más al arte que a los instrumentos financieros.
Pero para entender por qué, hay que conocer las historias. Porque en el coleccionismo de
lapiceras, las historias no son el contexto del valor: son el valor mismo.

Montblanc: la obra maestra que se convirtió en código

En 1906, tres socios se juntaron en Hamburgo para fundar la Simplo Filler Pen Company.
La primera pluma que produjeron tenía un depósito de tinta incorporado —una novedad en una era donde la mayoría de las plumas todavía se llenaban con cuentagotas.
En 1909 usaron por primera vez el nombre Montblanc.
En 1913 apareció la estrella blanca de seis puntas en la cima del capuchón: el símbolo de la cumbre nevada del Mont Blanc, la montaña más alta de Europa.
Lo que convirtió a Montblanc en lo que es hoy, llegó en 1924: el Meisterstück—"obra maestra", en alemán. El número 149, el modelo bandera, tiene el número 4810 grabado en el plumín porque 4.810 metros es la altura del Mont Blanc. Cada detalle de ese objeto fue pensado como vocabulario, no como decoración.
El Meisterstück 149 no se volvió un ícono por ser la lapicera más cara. Se volvió un ícono porque fue adoptada por presidentes, primeros ministros, ejecutivos y artistas como el objeto que uno lleva cuando la firma importa. Y cuando un objeto asocia su presencia con los momentos de mayor peso de la historia contemporánea, su valor no depende solo de la oferta y la demanda: depende de
la acumulación de narrativa.

Writers Edit

En 1992, Montblanc hizo algo que cambió el mercado del coleccionismo para siempre: lanzó la Writers Edition. La idea era simple y brillante. Cada año, un escritor. Un diseño que captura el universo de ese escritor en un objeto. Una producción limitada. Y el nombre del autor en el cuerpo del instrumento.
La primera fue la edición Hemingway. Barril y capuchón en resina de color rojo coralino —el color del sol caribeño donde Hemingway escribió en Cuba—, plumín en oro blanco de dieciocho quilates, la firma del autor grabada en el capuchón.
Hoy esa lapicera, en condición perfecta y con su estuche original, se consigue en el mercado secundario por entre cuatro y cinco veces su precio de lanzamiento.
Después vinieron Agatha Christie —con el clip en forma de serpiente, referencia directa a los venenos de sus novelas—, Dostoievski, Dickens, Voltaire, Kafka, Oscar Wilde, Goethe. Cada edición un universo gráfico. Cada universo gráfico, un argumento para que un coleccionista que admira a ese escritor quiera tener ese objeto.
Lo que Montblanc inventó con la Writers Edition no fue solo una línea de producto. Fue el primer sistema de coleccionismo programado de la historia de las lapiceras: la certeza de que cada año habría una edición nueva, que las anteriores cerrarían su producción para siempre, y que el valor de las más antiguas crecería en proporción directa a la demanda de los que llegaban tarde.
En el segmento más exclusivo, las ediciones Skeleton del Departamento Artisan —producidas en series de no más de trescientas treinta y tres unidades, con mecanismos a la vista trabajados en metales preciosos— alcanzaron en subastas de 2024 precios superiores a 20 mil dólares por pieza. Son objetos que, cuando salieron al mercado, costaban una fracción de eso.

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Graf von Faber-Castell: dos siglos y medio delinaje en la palma de la mano


En 1761, Kaspar Faber —un carpintero de 31 años— montó un pequeño taller en el pueblo de Stein, a las afueras de Nuremberg, y empezó a fabricar lápices a mano. No sabía que estaba fundando una de las empresas industriales más antiguas del mundo occidental. No imaginaba que nueve generaciones después, sus descendientes seguirían fabricando en el mismo lugar.
La historia de Faber-Castell es, en muchos sentidos, la historia del instrumento de escritura en Europa. Fue Lothar von Faber —tataranieto de Kaspar— quien en el siglo XIX transformó la empresa artesanal en una industria: estandarizó las dimensiones del lápiz —las mismas que se usan hoy en todo el mundo—, introdujo el primer lápiz de marca con nombre propio, y fue ennoblecido por sus méritos industriales en 1862. La última pieza del apellido llegó en 1898, cuando la heredera Ottilie von Faber se casó con el conde Alexander zu Castell-Rüdenhausen, uniendo la fortuna industrial con la nobleza bávara.
El resultado es un nombre que lleva en sí mismo una historia: Graf vonFaber-Castell. No es un ejercicio de branding. Es un apellido real, con un castillo real en Stein que todavía existe, y con 265 años de continuidad familiar que ninguna otra marca de instrumentos de escritura en el mundo puede igualar.

La línea de coleccionismo de alta gama

La Pen of the Year fue iniciada en 2003, produce cada año un sólo diseño —en series de unos pocos cientos de unidades— utilizando materiales que no tienen nada que ver con las resinas y los metales convencionales. La edición de 2007 usó madera de satinwood. La de 2008, madera petrificada. La de 2011, jade. La de 2019, técnicas de artesanía japonesa samurái. La de 2024, motivos del Imperio Otomano con un talismán de tortuga grabado que en esa cultura es símbolo de buena suerte.
Cada Pen of the Year no es solo una lapicera: es un argumento sobre materiales, historia y tiempo. La pregunta que cada edición hace implícitamente es: ¿qué objeto del mundo antiguo merece estar al alcance de tu mano? Y la respuesta que da el mercado de colección es, sistemáticamente, que esas piezas —en condición perfecta, con su estuche y documentación originales— valen significativamente más que su precio de lanzamiento a medida que los años pasan.
Hay algo más, y es importante: la Pen of the Year es una pieza que combina dos tipos de valor que raramente conviven. Tiene el valor del objeto único de materiales preciosos —algo cercano a la joyería— y tiene el valor del instrumento funcional. Una pluma de jade que escribe extraordinariamente bien es algo que ninguna joya per se puede ofrecer.

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Dunhill-Namiki: cuando el rey de los accesorios para el automóvil conoció al maestro de la laca japonesa

Esta es la historia más cinematográfica del coleccionismo de lapiceras. Y empieza con un joven que en 1893 vió que los caballos iban a quedar desplazados por los automóviles, y que alguien tenía que vender los accesorios que los conductores necesitarían.
Ese joven era Alfred Dunhill. La empresa que fundó en Londres se anunció al mundo con una frase que hoy sería el sueño de cualquier director de marketing: "todo para el auto, menos el motor". Gafas de conducción, abrigos, relojes, encendedores. Alfred Dunhill entendió antes que nadie que el automóvil no era solo transporte: era identidad. Y que quien conducía un automóvil necesitaba
vestirse a la altura de ese objeto.
En 1927, el director de la oficina parisina de Dunhill hizo contacto con Namiki, una empresa japonesa fundada en 1918 que producía lapiceras de laca maki-e, un arte milenario en el que capas de laca de urushi —la savia de un árbol japonés— se superponen durante meses sobre una base, construyendo imágenes con polvo de oro, plata, nácar y óxidos metálicos.
Una lapicera maki-e de alto nivel requería entre tres y seis meses de trabajo artesanal para completarse. Cada una era distinta a todas las demás. Cada una estaba firmada por el artesano que la había decorado.

En 1930, Dunhill firmó el acuerdo definitivo y comenzó a distribuir bajo el nombre Dunhill-Namiki en Europa y Estados Unidos. Lo que producían era, técnicamente, una lapicera. Pero era, materialmente, una obra de arte portátil. Grullas sobre fondo negro. Carpas doradas en ríos lacados. Tigres en bambú plateado. El universo visual de la pintura japonesa clásica, reducido a un objeto que cabe en el bolsillo interior del saco.
Las más codiciadas son las del tamaño "Emperor": producidas solo durante unos pocos años en la década de 1930, de dimensiones considerablemente más grandes que una lapicera estándar, en cantidades extraordinariamente pequeñas. Hoy, cuando una de esas piezas aparece en Bonhams o en PBA Galleries, los precios empiezan donde terminarían los de la mayoría de los relojes del segmento medio.

Actualmente Dunhill parece haberse tomado un descanso de la producción de lapiceras. Lo que
significa que el universo del Dunhill-Namiki es, en la práctica, un universo cerrado: la oferta es la que existe, no va a haber más, y la demanda de coleccionistas serios en todo el mundo no para de crecer.
Un universo cerrado con demanda creciente es la definición de apreciación asegurada.

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OMAS: el fantasma de Bolonia que se convirtió en oro

En 1925,Armando Simoni abrió un taller en Bolonia para reparar lapiceras importadas del Reino Unido y los Estados Unidos. Antes de que terminara la década, ya estaba fabricando las suyas propias. Las llamó OMAS: Officina Meccanica Armando Simoni.

Lo que salió de ese taller durante las décadas siguientes fue lo más cercano que Europa continental produjo al ideal de la lapicera como escultura.
El Paragon, lanzado en los años treinta, tiene un cuerpo de doce facetas que captura la luz desde ángulos que no repite ningún otro diseño en la historia del instrumento de escritura.
El Ogiva —cuyo nombre viene del término arquitectónico gótico para el arco apuntado— tiene una silueta cónica que parece diseñada para cortar el aire antes de posarse sobre el papel.
OMAS fue también una empresa de invención técnica permanente: en los años veinte produjo el "doctor's pen", con un termómetro clínico integrado en el barril; el modelo Itala tenía dos plumines que permitían cambiar el trazo girando la lapicera. En 1996 lanzó el 360, con cuerpo triangular diseñado para maximizar el agarre. En OMAS, la innovación formal nunca fue cosmética: siempre tenía una razón.

Y luego, en enero de 2016, OMAS entró en liquidación.
Y el mercado de coleccionistas hizo lo que siempre hace cuando una fuente de belleza se extingue: empezó a pagar más por cada pieza que quedaba disponible. Los vintage OMAS —especialmente los modelos en celuloide de colores, los Paragon en materiales raros, los Extra Lucens— pasaron a cotizarse con una prima de rareza que no existía mientras la empresa seguía produciendo. La desaparición en 2016 fue lo que convirtió a OMAS en inversión.

Pero en 2023, OMAS renació: la marca fue adquirida y relanzada desde Italia, con los mismos modelos y la misma filosofía de manufactura. El renacimiento no diluyó el valor de los vintage: lo confirmó. El mercado leyó el regreso como una validación de la identidad de la marca, y los coleccionistas de piezas pre-2016 siguen pagando las primas que corresponden a un objeto que perteneció a una era que no volverá exactamente igual.

Cómo se arma un portfolio de lapiceras

Las reglas son las mismas de siempre. Pero en este mercado tienen matices que vale la pena entender.


La historia es el activo.
Una lapicera de lujo sin narrativa es un objeto de escritura costoso. Una lapicera de lujo con historia —una Writers Edition que honra a un escritor cuya obra tiene demanda cultural duradera, una Pen of the Year que usa un material que no puede replicarse, una Dunhill-Namiki firmada por el artesano que la decoró— es otra cosa. En este mercado no se compra el objeto: se compra la historia que el objeto porta.

Condición y documentación, sin excepción.
La diferencia de precio entre una pieza en condición perfecta con su estuche, sus papeles y su caja exterior, y la misma pieza sin esos elementos, puede ser del 50% o más. Las marcas que generan las mayores apreciaciones —Montblanc, Dunhill-Namiki, Graf von Faber-Castell— produjeron objetos diseñados para coleccionarse desde el día uno. Su packaging es parte del activo.

La escasez tiene que ser estructural, no cosmética.
Hay cientos de lapiceras de "edición limitada" que no aprecian porque la limitación es de marketing, no de producción real. Las piezas que multiplican su valor son aquellas donde la escasez es inherente: materiales únicos que no pueden reproducirse, producciones de pocas decenas de unidades, o marcas que dejaron de producir. Una Dunhill-Namiki Emperor de los años treinta es escasa de manera irreversible. Ese tipo de escasez no se decide en el departamento e marketing.

Como se documenta una colección

Hay algo que me llama la atención cada vez que hablo con alguien que colecciona lapiceras de lujo en serio.
La colección existe. Las piezas están ahí. Y sin embargo, la mayoría vive en cajones, en estuches dentro de cajas, en carpetas de fotos en el celular.

Sin un objeto que las reúna, que las articule, que le dé a ese conjunto la presencia
que merece.
Una colección de lapiceras de lujo es, en el sentido más literal, un archivo de decisiones de belleza y criterio. Es la historia de alguien que eligió, a lo largo del tiempo, los instrumentos con los que iba a firmar su nombre.

Los coffee-table books de colecciones que editamos en Roadster para coleccionistas privados están diseñados específicamente para que tu colección tenga la presencia visual y narrativa que le corresponde.
Fotografía de nivel editorial, historia de cada pieza, procedencia y contexto
cultural. No un catálogo. Un objeto editorial de lujo que documenta y legitima
lo que armaste, y que hace por tu colección lo que los mejores libros de Phaidon o Assouline hacen sólo para las grandes marcas.

Una opción que complementa al libro es acompañarlo con una acuarela hecha especialmente. El retrato de una pieza como una Dunhill-Namiki, una Meisterstück 149 o una Pen of the Year que compraste en Nuremberg es un original único que puede vivir enmarcado junto a tu colección, o funcionar como regalo de alto impacto para alguien que ya tiene todo y a quien querés sorprender con algo que ninguna tienda vende. Cuando alguien me encarga un cuadro de acuarela y caligrafía de su lapicera de lujo, estoy usando una lapicera —la mía— para rendir homenaje a la suya. En el mundo del coleccionismo, no se me ocurre una recursividad más perfecta.

Si ya tenés una idea dando vueltas, no esperes: escribime a agustin@roadster.com.ar


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