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#52 Mientras mi guitarra llora suavemente

Photo credit: www.christies.com

· Coleccionismo,Guitarras,Fender,Gibson


El 12 demarzo de 2026, en el salón de Christie's en el Rockefeller Center de Nueva York,
algo pasó que no tiene precedentes en la historia del coleccionismo de objetos
musicales.

A las 20 h, un comprador en línea pagó 14.5 millones de dólares por una guitarra. Era la Fender Stratocaster negra con la que David Gilmour grabó toda la discografía de Pink Floyd entre 1970 y 1983: TheDark Side of the Moon, Wish You Were Here, Animals, TheWall tras 21 minutos de pujas, se estableció un nuevo récord mundial para una guitarra vendida en subasta.

10 minutos después, el récord ya era historia. La "Tiger" de Jerry Garcia —construida a medida durante 6 años por el luthier Doug Irwin y usada en más de 700 conciertos de Grateful Dead— se remataba por 11.5 millonesde dólares.

5 minutos más tarde, la Fender Mustang azul que Kurt Cobain tocó en el video de
"Smells Like Teen Spirit" alcanzaba 6.9 millones de dólares.
En 15 minutos, el récord mundial había caído 3 veces. La sala de Christie's estalló en aplausos de recital.
La subasta completa de la Colección de memorabilia de Jim Irsay —44 lotes, todos
vendidos— cerró en 94.5 millones de dólares. La mayor venta de memorabilia de la historia.

Hay algo que vale la pena entender antes de seguir: esas guitarras no valían eso porque
son instrumentos excepcionales. Valen eso porque son objetos en los que una cultura entera depositó una historia.


La guitarra como cápsula del tiempo

Hay coleccionables que se aprecian porque son escasos. Hay otros que se aprecian porque son hermosos. Y hay otros —muy pocos— que se aprecian porque capturan un momento de la historia cultural que no puede reproducirse, ni reemplazarse, ni
imitarse.
La guitarra eléctrica pertenece a esta última categoría. Y lo hace de una manera
que ningún otro objeto del siglo XX puede igualar: en la historia de la música
popular, los instrumentos más icónicos no son simplemente los que acompañaron a
los músicos más grandes. Son los que estuvieron ahí en el momento exacto en que algo cambió para siempre.
El mercado de guitarras de colección siguió durante décadas viviendo en los márgenes del coleccionismo serio —lejos del arte, lejos de los relojes, lejos de las carteras de Hermès. Era el territorio de los fanáticos, no de los inversores.
33 millones de dólares en guitarras vendidas en una sola noche es el principio de una nueva era.

Jimi Hendrix: la guitarra que sobrevivió al fuego

En junio de 1967, el Monterey Pop Festival es el escenario de una de las performance más extraordinarias de la historia de la música. Jimi Hendrix, en el último número de su set, baja la Fender Stratocaster negra que usó durante toda la actuación, la sube al amplificador, le prende fuego con encendedor, la sacude en el aire mientras arde, y la destroza contra el escenario. Pero esa guitarra ya no existe, hubo otra que tocó antes de esa y se la entregó a un técnico apenas terminó el último solo, segundos antes de tomar la otra para el sacrificio.
Esa guitarra tiene un lugar entre los objetos más codiciados del coleccionismo de guitarras.
Pero esto no es nada, en Woodstock, dos años después, el 18 deagosto de 1969, a las 8 de la mañana de un lunes —porque los retrasos por lluvia habían empujado todo el programa— Hendrix sube al escenario del festival más grande de la historia hasta ese momento. La audiencia que había llegado a medio millón durante el fin de semana se había reducido a menos de cuarenta mil personas.
Los que se quedaron vieron algo que el mundo entero vería después en el documental: el solo de guitarra de "The Star-Spangled Banner" que destruyó la melodía original y la reconstruyó como un nuevo arte.

La guitarra blanca —que Hendrix llamaba Izabella— es hoy el instrumento más icónico del rock. Quedó en manos del baterista Mitch Mitchell después de la muerte de Hendrix en septiembre de 1970. Cuando Mitchell la puso en subasta en 1990, en Sotheby's, el estimado era de 10.000.- libras y se vendió por 2 millones. Hoy está en el Museum of Pop Culture de Seattle y funciona como lo que siempre fue: una reliquia.

Eric Clapton y la Blackie

En 1970, Eric Clapton entra a una tienda de instrumentos usados en Nashville y encuentra seis Fender Stratocaster de los años cincuenta apiñadas en una esquina, vendiéndose a cien dólares cada una. Compra las seis. Le regala una a Pete Townshend de The Who, una a Steve Winwood y una a George Harrison. Se queda con tres para él.
Y luego hace algo que ningún luthier certificado recomendaría: las desarma todas, selecciona las partes que más le gustan de cada una —el cuerpo de una, el mástil de otra, los pickups de la tercera— y manda a hacer una sola guitarra con los mejores
componentes de las tres. La llama "Blackie".
Blackie es, técnicamente, una mezcla. Un híbrido sin certificado de pureza. Y sin embargo, durante quince años fue el instrumento con el que Clapton tocó en cada concierto y cada grabación importante. La oyeron millones de personas en estadios de todo el mundo sin saber que era en esencia, una guitarra ensamblada de los restos de otras tres que costaron cien dólares cada una.

Cuando Clapton la retiró de los escenarios en 1985 —los trastes estaban tan gastados
que era difícil mantenerla afinada— guardó a Blackie en un estuche y no la tocó más. La decisión de venderla llegó en 2004, motivada por el Crossroads Centre de Antigua, el centro de rehabilitación de drogas y alcohol que Clapton fundó en 1997 después de su propia recuperación.
En Christie's Nueva York, el 24 de junio de 2004, Blackie se vendió por casi 1.000.000.- de dólares. Era el precio más alto jamás pagado por una guitarra hasta ese momento. La compraron los de Guitar Center, que la exhibe todavía en su tienda insignia de Manhattan.

David Gilmour y la guitarra que grabó la banda de sonido de un siglo

En 1970, David Gilmour entra a una tienda en Nueva York y compra una Fender Stratocaster negra de 1969 por doscientos dólares. No es un objeto especial en ese momento. Es una guitarra de trabajo.
Lo que ocurrió en los años siguientes es parte de la historia cultural del siglo XX.
Gilmour modificó la guitarra repetidamente hasta que el instrumento dejó de ser
una Stratocaster estándar y se convirtió en algo único: el sonido de Comfortably Numb, de Money, de Wish You Were Here, de Shine On You Crazy Diamond. El sonido de Pink Floyd en sus años más icónicos.
La "Black Strat" acompañó cada álbum del grupo desde 1970 hasta The Final Cut en 1983. Trece años. Siete álbumes de estudio. Miles deconciertos. Y luego fue reemplazada por otras guitarras, y pasó décadas en un estuche.

En 2019, Gilmour subastó toda su colección en Christie's en una venta benéfica. La Black
Strat fue el lote principal. La compraron por casi 4 millones de dólares.
El comprador fue Jim Irsay. "Si no consigo esa guitarra, voy a quedar como un idiota," dijo Irsay a Rolling Stone antes de la subasta. "Pero la amo. Y es la Strat."

Irsay murió en mayo de 2025. En la subasta de Christie's de marzo de 2026, la Black
Strat salió a las 8 de la noche. 21 minutos después, el martillo cayó en 14.5 millones de dólares. La guitarra que Gilmour compró por doscientos dólares había pasado, en 56 años, por dos subastas y había multiplicado su valor de una manera que ningún instrumento financiero convencional podría igualar.

Kurt Cobain: el destructor de guitarras

Hay una paradoja en el coleccionismo de guitarras de Cobain: era conocido por destruir sus instrumentos en el escenario. Los rompía contra los amplificadores, los tiraba al público, los abandonaba en malas condiciones. No era alguien que tratara a sus guitarras como objetos valiosos. Y sin embargo, tiene tres de las guitarras más caras de la historia.
La primera es la Martin D-18E con la que tocó en la actuación de Nirvana en MTV Unplugged en noviembre de 1993. Era una guitarra técnicamente fallida —Martin
la fabricó en 1959 como intento de electrificar una acústica, el mercado la rechazó y la discontinuó casi de inmediato— que Cobain compró en una tienda de Los Ángeles. La actuación de MTV Unplugged tiene la calidad de una despedida que nadie sabía que era una despedida: fue filmada cinco meses antes de la muerte de Cobain.

En 2020, esa guitarra se vendió por 6 millones de dólares.

La segunda es la Fender Mustang azul de 1969 que aparece en el video de "Smells Like Teen Spirit". Cobain era zurdo y la tocaba al revés. El video se filmó en agosto de 1991, antes de que Nevermind saliera al mercado. La canción definió una generación.

En 2022 se vendió por más de 4 millones.
En 2026, cuando Irsay la consignó a Christie's, alcanzó casi 7 millones.

La tercera es la "Sky Stang" —una Fender Mustang construida especialmente en 1993— que Cobain usó en la última actuación de su vida, en Múnich, el 1 de marzo de 1994. La guitarra del último concierto.

Lo que convierte a los objetos de Cobain en activos de colección de primer orden es
exactamente lo que los convierte en documentos culturales: la brevedad de su historia, la intensidad de los momentos que registran, y la certeza de que no habrá más.

Los dos linajes: cuando el diseño es el activo

Las historias anteriores comparten un rasgo en común: el valor de cada guitarra viene atado al nombre del músico que la tocó. Sin Gilmour, la Black Strat es una Stratocaster de los años 70. Sin Cobain, la Mustang azul es un modelo de estudiante de la era psicodélica. El objeto hereda el valor de la historia de su dueño.

Pero hay otro tipo de valor en el mercado de guitarras de colección. Un valor que no depende de quién la tocó, sino de cómo fue hecha. Y en la guitarra eléctrica, ese valor se concentra en dos grandes linajes que nacieron casi simultáneamente en la misma década, con filosofías completamente opuestas, y que todavía hoy definen los dos polos del coleccionismo serio de instrumentos vintage.

Gibson Les Paul: la artesanía como argumento

En 1952, Gibson —la casa de luthería más antigua de Estados Unidos, fundada en Kalamazoo, Michigan, en 1902— lanzó el modelo que llevaría el nombre de su guitarrista asesor. Era una respuesta directa a la Telecaster de Fender, lanzada un año antes.
Donde Fender era industrial y democrática, Gibson era artesanal y aspiracional.
Donde la Telecaster era plana y utilitaria, la Les Paul tenía una tapa de arce flameado tallada a mano sobre un cuerpo de caoba.
Donde Fender apuntaba al músico de trabajo, Gibson apuntaba a quien entendía la
diferencia.
La primer Les Paul no fue un éxito inmediato. Pero en 1958 ocurrió algo que cambió todo: Gibson modificó el acabado del modelo estándar, reemplazando el Goldtop dorado por un cherry sunburst —un degradé del rojo cereza al amarillo que revelaba por primera vez la veta del arce flameado de la tapa. Al mismo tiempo, el departamento de ingeniería completaba el desarrollo de las pastillas PAF —Patent Applied For—, los humbuckers que iban a definir el sonido del rock y el blues para las décadas siguientes.
El resultado fue un instrumento que reunía todo lo que Gibson sabía hacer: una tapa de arce con figura que ninguna mano puede replicar exactamente, pastillas con una respuesta armónica que los ingenieros modernos todavía tratan de entender, una caoba que con los años desarrolla una resonancia que el material nuevo no tiene.
Entre 1958 y 1960 se fabricaron alrededor de 1.700 unidades. En 1961, Gibson discontinuó el modelo para lanzar la SG, más liviana y más fácil de producir.

Esos 1.700 ejemplares —conocidos en el mundo del coleccionismo simplemente como "The Burst"— son hoy el objeto más buscado del mercado de guitarras vintage sin proveniencia de celebridad. La razón es exactamente la misma que hace al Nautilus 5711 de Patek Philippe lo que es: una producción que cerró para siempre, una combinación de materiales que no puede reproducirse, y una demanda que no para de crecer.

Eric Clapton los descubrió en tiendas de segunda mano londinenses en los años 60, cuando nadie en Estados Unidos los quería. Jimmy Page construyó el sonido de Led Zeppelin sobre uno. Slash lo convirtió en el emblema visual del rock de los 90. La historia del "Burst" es la historia de cómo un objeto ignorado por su mercado de origen se convirtió en el Santo Grial de un mercado global que todavía no existía cuando fue fabricado.

Fender Stratocaster: el diseño industrial como relojería

Leo Fender no era guitarrista. Nunca aprendió a tocar. Era técnico de reparación de
radios, y eso —paradójicamente— es lo que lo convirtió en el diseñador de guitarra más influyente de la historia.

En 1954, junto a George Fullerton y Freddie Tavares, Fender lanzó la Stratocaster. Era
todo lo que la Les Paul no era: una guitarra diseñada desde la ingeniería, no desde la artesanía. El cuerpo de álamo contorneado —con sus curvas que se adaptan al cuerpo del músico— fue el resultado de consultar directamente con músicos de trabajo sobre qué los lastimaba después de horas de tocar. Tres pastillas de bobinado simple. Un sistema de trémolo sincronizado que permitía doblar notas de maneras que ninguna guitarra anterior podía hacer. Un diseño que podía producirse en serie, repararse en el lugar, y adaptarse a cualquier estilo musical.

La Stratocaster es lo que en diseño industrial se llama una solución perfecta: un objeto que resuelve exactamente el problema para el que fue creado, con el mínimo de elementos posibles, de manera que ninguna pieza puede eliminarse sin perder función. Por eso su silueta —los dos cuernos asimétricos, el scratchplate blanco, los tres botones alineados— es reconocible en dos segundos desde el otro lado de una habitación, setenta años después de su primer día de producción.

En 1965, CBS compró Fender por 14 millones de dólares. Y con esa compra llegó la línea divisoria más importante de la historia de la guitarra eléctrica en términos de coleccionismo: pre CBS y post CBS.

Los modelos "pre-CBS" son los que el mercado de colección más valora. Después de
1965, los recortes de costos de la corporación introdujeron cambios que los luthieres y coleccionistas identifican con precisión casi forense: el peso del cuerpo, el contorno del mástil, el tipo de madera, la calidad del acabado. No son cambios que arruinen el instrumento. Son cambios que definen la diferencia entre un objeto de colección y un objeto de uso. Y esa diferencia, en el mercado de guitarras vintage, puede multiplicar el valor varias veces.

De qué lado estás?

Lo que hace única la dualidad Fender-Gibson en el coleccionismo de guitarras es que no es solo una distinción de mercado. Es una distinción filosófica que los músicos adoptaron como identidad.
Hay guitarristas que son, en el sentido más profundo, de Les Paul o de Stratocaster. Esa pertenencia no es casual: refleja una manera de entender el sonido, el tacto, la relación física con el instrumento. Y eso, en el mercado de colección, genera dos bases de compradores que difícilmente cruzan.
Para el coleccionista, esa lealtad tiene una consecuencia práctica: los dos linajes tienen sus propios ciclos de mercado, sus propios récords, sus propios objetos definitivos. Un "Burst" de 1959 y una Stratocaster pre-CBS de 1956 atraen compradores distintos. Diversificar entre los dos linajes es, en términos de portfolio, tan razonable como diversificar entre Rolex y Patek Philippe.

Caso de estudio: la colección como totalidad

Hasta aquí hablamos de guitarras individuales. Del instrumento con historia. Del
objeto que estuvo en el momento exacto en que algo en la cultura cambió para
siempre.

Pero hayun fenómeno más reciente —y más revelador— que el mercado de subastas viene
produciendo, y que cambia la manera de pensar la guitarra como activo de
colección. No es la guitarra singular. Es la colección completa que llega al
mercado como unidad narrativa. Y lo que ocurre cuando eso pasa desafía
cualquier lógica de tasación individual.

Colecciones completas

Jeff Beck. Christie's Londres, enero de 2025.

Cuando la familia Beck decidió poner en subasta su colección, Christie's enfrentó una pregunta que pocas casas habían tenido que resolver para una colección de guitarras: ¿cómo valorás más de un centenar de instrumentos cuando el valor de cada uno está amplificado por pertenecer al mismo universo?
La respuesta llegó en casi 7 horas de subasta. Compradores de 40 países. Cada lote alcanzando múltiplos de su estimado. La Les Paul "Oxblood" de 1954 —que Beck usó durante décadas y figura en la tapa de uno de sus álbumes más importantes—, estableció el récord mundial para una Gibson Les Paul en subasta. La Stratocaster "Anoushka" —su guitarra de escenario principal— llegó a 50 veces su base. El total final fue más de 8 veces la estimación previa al remate.
El dato que más me importa de esa subasta no es el precio de cada pieza. Es que el 100% de los lotes se vendió. No hubo un solo instrumento que no encontrara comprador. Eso no ocurre en las subastas de guitarras individuales. Ocurre cuando la colección tiene una coherencia narrativa tan fuerte que cada pieza se vuelve irresistible por su pertenencia al conjunto.

Mark Knopfler. Christie's Londres, enero de 2024.

Un año antes, la subasta de la colección de Knopfler había demostrado exactamente el mismo fenómeno. Compradores de 61 países. Guitarras con estimados modestos alcanzando cifras que ningún tasador había proyectado. Una Pensa-Suhr que Knopfler usó en el concierto homenaje a Mandela en Wembley en 1988 multiplicó su estimado por más de 60 veces.

¿Por qué? Porque en ambas colecciones, lo que se subastaba no era solo el instrumento. Era la evidencia material de una vida dedicada a un oficio. Cada guitarra era, en sí misma, un capítulo de una autobiografía. Y el mercado pagó por esa narrativa de la misma manera que paga por una primera edición firmada: porque la historia que porta el objeto es inseparable del objeto mismo.

Lo que estas colecciones le enseñan al coleccionista serio.

La primera lección es que el valor de una colección no es la suma de los valores individuales de sus piezas. Es algo más. Una colección con lógica interna, con una narrativa que conecta las piezas entre sí, con la historia del coleccionista que le da sentido al conjunto, vale más que esa suma. A veces, significativamente más.

La segunda lección es más incómoda: esa narrativa necesita existir en algún lugar antes de que la colección llegue al mercado. En el caso de Beck y Knopfler, existía porque los coleccionistas eran músicos con carreras documentadas públicamente. Para el coleccionista privado —para el que pasó 20 años armando su colección de Bursts, o de Stratocasters pre-CBS, o de guitarras firmadas— esa narrativa no existe en ningún lado si no se construye deliberadamente.
Y eso tiene consecuencias directas en el valor.

Cómo se arma un portfolio de guitarras

El mercado tiene tres capas, y saber en cuál estás es la mitad del trabajo.

La capa más accesible: las guitarras firmadas.
Guitarras firmadas por artistas de primera línea, con mercado secundario documentado y demanda sostenida. No son las más espectaculares en términos de retorno potencial, pero son la entrada más predecible al mercado.

La capa intermedia: las "stage-used" y los linajes de diseño.
Una guitarra con historia documentada de uso en escenarios importantes, o un instrumento vintage de los grandes linajes —un "Burst" de 1958 a 1960, una Stratocaster pre-CBS— entra en otro nivel de precio y apreciación. Las autenticaciones de Christie's,
Julien's y Heritage Auctions son el estándar: procedencia clara, fotografías documentando el uso, cadena de custodia verificable. En esta capa, la diferencia entre "tengo algo" y "puedo demostrar lo que tengo" puede multiplicar el valor varias veces.

La capa de los objetos irrepetibles. Los instrumentos asociados de manera indisoluble a momentos culturales específicos.
Una actuación histórica, un álbum definitivo, un músico que no existe más. El precio de esta capa no lo fija el mercado del instrumento: lo fija el mercado de la historia cultural. Y ese mercado, no tiene techo conocido.

La regla que aplica a las tres capas es siempre la misma: autenticación, documentación,
procedencia. Una guitarra sin historia verificable es una guitarra. Una guitarra con historia verificable es un activo.


Para los coleccionistas con presencia pública, esa narrativa existe en el registro
público. Para el coleccionista privado, no existe en ningún lado. Y si no
existe, no puede hacer lo que hace en una sala de subastas: multiplicar el
valor de cada pieza por su pertenencia al conjunto.

Ahí es donde entra Roadster

El coffee table book de colección: un libro diseñado específicamente para que tu colección tenga la presencia visual y narrativa que le corresponde.
Fotografía de nivel editorial, historia de cada instrumento, procedencia y contexto cultural.
Un objeto editorial de lujo que construye la narrativa que conecta tus piezas entre sí —el mismo tipo de narrativa que hizo que cada lote de Beck y Knopfler superara sus estimados— y que existe como objeto físico en el mundo real, con el peso y la permanencia que ninguna carpeta de fotos en el celular puede tener.

Y eso, endefinitiva, es Roadster: una aventura con el viento en la cara y el sol en la
frente, y poder contarla a la vuelta en un libro de tu mesa ratona. Porque si
las grandes editoriales del mundo pueden hacer eso con el arte, la moda y la arquitectura, yo quiero hacerlo con algo todavía más valioso: las historias y las pasiones de las personas. Tu colección de guitarras. Tu Stratocaster. Tu Les Paul. En
definitiva, tu historia. El lujo de tener un libro personal hoy puede ser tuyo. Si ya tenés una idea dando vueltas, no esperes: escribime a agustin@roadster.com.ar




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