Image: Hermès White Matte Niloticus Crocodile Himalaya Birkin 25 Palladium Hardware, 2015. Sothebys
Esta semana, en una sala de subastas en Nueva York, alguien está pujando por una Birkin de cocodrilo Niloticus azul marino de 2020 con herrajes dorados. Junto a ella, un juego de cinco baúles Alzer de Louis Vuitton en damier grafito con herrajes de plata. Y, en el mismo catálogo, una Kelly Vintage de cuero box de 1978 que tiene casi cincuenta años y sigue siendo uno de los objetos más codiciados del planeta.
Es la subasta Handbags and Trunks de Sotheby's Nueva York, que cerró sus lotes entre el 11 y el 23 de junio de 2026. Doscientos ocho lotes. Y una sola conclusión posible para quien la recorre con atención: el mundo del coleccionismo de moda de alta gama dejó de ser un universo paralelo al del arte o al de los autos clásicos. Es el mismo universo. Con las mismas reglas, los mismos mercados, y los mismos retornos extraordinarios para quien sabe lo que está mirando.
Quiero hablar de ese mundo hoy. Porque tiene todo para merecer una nota en este blog, y porque —siendo honesto— es un mundo que durante demasiado tiempo se subestimó. No por su tamaño ni por sus cifras, que siempre fueron imponentes. Se subestimó porque la mayoría de los comentaristas que escriben sobre inversión alternativa no coleccionan carteras. Y la mayoría de quienes coleccionan carteras no piensan en sí mismas como inversoras.
Es hora de corregir eso.
El número que lo dice todo
En julio de 2025, la casa Sotheby's en París remató la Birkin original. No una Birkin de edición limitada, no una con diamantes incrustados: el prototipo de cuero negro que Jean-Louis Dumas, entonces CEO de Hermès, diseñó para Jane Birkin en 1984 después de encontrarse con ella en un vuelo de París a Londres. Un bolso desgastado, rayado, con cuarenta años de uso real encima. Después de más de diez minutos de pujas de nueve coleccionistas en simultáneo por teléfono, el martillo cayó: 10,1 millones de dólares. El objeto de moda más caro jamás vendido en subasta.
Para ponerlo en perspectiva: ese número supera el precio de récord de la memorabilia deportiva más cara de la historia. Supera lo que se paga por un Ferrari 250 GTO en condiciones perfectas. Y lo pagó un revendedor japonés de artículos de lujo que anunció que no lo vendería: que lo guardaría cuidadosamente y lo exhibiría.
En otras palabras: alguien pagó diez millones de dólares por un bolso y lo trató como si fuera un Vermeer. Eso no es una anécdota. Eso es una señal de mercado.
Las tres categorías que hay que conocer
E
l coleccionismo de moda de alta gama tiene tres grandes vértices. Cada uno tiene su propia lógica de valor, su propio mercado secundario y su propio perfil de apreciación.
1-Las carteras: Hermès ante todo
El mercado secundario de carteras de lujo está, en la práctica, dominado por una sola marca: Hermès. Y dentro de Hermès, por dos modelos: la Birkin y la Kelly. Esto no es percepción subjetiva ni marketing. Es lo que documentó el Clair Report 2025 de Rebag —una de las principales plataformas globales de compraventa de lujo de segunda mano—: ocho modelos de Hermès se vendieron en el mercado secundario por encima de su precio de retail original, con una retención de valor promedio del 110% para los íconos clave de la marca.
La Himalayan Birkin —el modelo en cuero de cocodrilo nilótico con degradé del blanco al gris que evoca las cumbres nevadas del Himalaya— se vendió en Sotheby's por 450.000 dólares. La Himalayan Diamond, con herrajes de oro blanco de 18 quilates y diamantes, empuja ese número aún más arriba. Un Diamond Kelly de cocodrilo marcó el récord de 513.000 dólares en Christie's antes de que la Birkin original lo pulverizara completamente.
¿Por qué Hermès y no otra marca? Por la misma razón que Patek Philippe en los relojes: la escasez es deliberada y estructural. Hermès limitó recientemente las compras a dos bolsos de cuota por cliente por año, con una sola dirección registrada por hogar. Esa restricción artificialmente estrecha la oferta y amplifica las primas en el mercado secundario de una manera que ningún otro jugador del mercado puede replicar.
Lo que está en el catálogo de Sotheby's esta semana es un muestrario de esa lógica en acción: Kellys de 1978 y 1987 que conviven con modelos de 2025. Birkins en cuero Togo, en Clémence, en Box Calf, en piel de lagarto varanus, en cocodrilo porosus mate y brillante. Una Constance de 1989 junto a una Constance de 2026. La categoría tiene profundidad histórica y demanda contemporánea al mismo tiempo. Esa combinación es exactamente lo que define a un activo de colección.
Chanel y Dior tienen su lugar en este mercado —un Chanel Supermarket de cuero negro con cadenas en plata de 2014 también figura en el mismo catálogo de Sotheby's—, pero la jerarquía es clara. En carteras de lujo como inversión, Hermès es lo que Ferrari es en los autos clásicos.
2-Los baúles: la memoria del viaje como objeto
Los baúles de viaje —Trunks en el lenguaje de las subastas— son el antecedente histórico de todo lo que hoy llamamos equipaje de lujo. Y el catálogo de Sotheby's esta semana los incluye en una proporción inusual: un juego de cinco Alzer en damier grafito de Louis Vuitton, un juego de cinco Alzer en monogram canvas, baúles Goyard vintage de los años veinte en Goyardine con herrajes de bronce, un Malle Courrier Lozine 100 de Louis Vuitton, una Malle Armoire 110. Incluso aparece una pieza excepcional: un baúl de viaje real francés de la segunda mitad del siglo XVIII.
El valor de los baúles vintage de las grandes casas no reside solo en su condición material. Reside en que son, literalmente, piezas de historia cultural. Louis Vuitton fundó su casa en 1854 como baúlero del Segundo Imperio Francés. Goyard la fundó en 1853. Estos objetos no son accesorios de moda: son archivos físicos de cómo las élites europeas del siglo XIX y principios del XX entendían el movimiento, el lujo y la identidad. Un baúl Goyard de la década del veinte que todavía funciona y mantiene su estructura es un objeto de museo que circula en el mercado privado.
Para el coleccionismo serio, los baúles presentan además una ventaja que las carteras no tienen: su tamaño los convierte en piezas de ambientación. No se guardan: se exhiben. Son el tipo de objeto que transforma una biblioteca, una suite de hotel boutique, una sala de estar de criterio en algo que habla de historia y de carácter. Son objetos que viven con vos.
3-Los pañuelos de seda: la entrada más democrática —y la más traicionera
El tercer vértice es el Carré Hermès. El pañuelo de seda de noventa por noventa centímetros que la casa introdujo en 1937 y que, desde entonces, acumula más de 1.200 diseños diferentes. Cada temporada se agregan nuevos. Cada colección tiene su universo gráfico propio.
El rango de valor es enorme: desde 400 euros por un Carré 90 de uso corriente hasta 9.600 euros por un modelo raro en subasta que fue estimado en 80. Eso último ocurrió realmente: en 2016, un Carré de temática cinegética en azul cristal y azul acero alcanzó 960 veces su estimación alta en subasta. El mercado de los pañuelos Hermès tiene esa particularidad: parece accesible desde afuera y tiene picos de valor absolutamente inesperados para quien no lo conoce.
Lo que define el valor de un Carré, igual que en cualquier otra categoría de coleccionismo serio, es la combinación de rareza, condición y proveniencia. Las ediciones limitadas, las colaboraciones con artistas específicos, los diseños que capturaron un momento cultural —y que hoy se consiguen solo en el mercado secundario— son los que aprecian. Los que se usan todos los días, no tanto.
La lección, que vale para cualquier categoría de coleccionismo de moda, la resume el mismo reporte de Sotheby's sobre las Birkin: la autenticidad, la documentación y el estado original son los tres pilares que separan un activo de colección de un artículo de segunda mano.
Hay algo que me llama la atención cuando recorro el mercado de coleccionismo de moda de alta gama, y es la misma observación que hice en la nota sobre coleccionismo general: las colecciones más extraordinarias son, con frecuencia, las menos documentadas.
Una mujer que tardó veinte años en armar una colección de Birkins y Kellys que cubre distintas épocas, materiales y configuraciones tiene en su poder un archivo material de la historia del diseño de Hermès. Un curador de baúles Goyard de los años veinte tiene en su estudio una galería de objetos que la mayoría de los museos de diseño del mundo quisieran tener. Una coleccionista de Carrés raros con ediciones de artistas específicos tiene, en muchos casos, un conocimiento de la historia gráfica de la casa que ningún catálogo oficial compila completo.
Y, sin embargo, esas colecciones viven en placares, en cajas de guarda, en carpetas de fotos en el celular. Sin un documento que las articule. Sin un objeto que les dé la presencia que merecen.
Dos maneras de hacer que una colección tenga el lugar que merece
La primera es el coffee table book de colección. Un libro diseñado específicamente para que tu colección —de carteras, de baúles, de pañuelos, de lo que sea— tenga la presencia visual y narrativa que le corresponde. Con fotografía de nivel editorial, diseño tipográfico impecable, papel de gramaje alto, historia de cada pieza documentada: procedencia, año, material, contexto cultural. No es un catálogo. No es un álbum de fotos. Es un objeto editorial de lujo que hace por tu colección lo que los mejores libros de Phaidon o Assouline hacen por las colecciones de arte. Y que, al mismo tiempo, documenta y legitima el activo: en el mundo del coleccionismo de alta gama, la documentación de calidad es parte del valor de lo que se documenta.
La segunda es algo diferente y, en su propia manera, más íntimo: un cuadro pintado a mano con acuarela y caligrafía en tinta. Un retrato de uno o varios de tus piezas —esa Birkin de cocodrilo que buscaste durante años, ese baúl Goyard que trajiste de París, ese Carré que perteneció a tu abuela— realizado como obra original, única, que puede vivir enmarcada en el mismo espacio donde guardás tu colección. Es el tipo de objeto que transforma un guardarropa o una sala en algo que habla de criterio y de historia. Y que funciona, además, como regalo de alto impacto: para la clienta que lleva años eligiendo tus servicios, para la socia que cumple años, para la persona que ya tiene todo y a quien querés sorprender con algo que ninguna tienda vende.
Ambas cosas —el libro y el cuadro— son objetos físicos en un mundo saturado de imágenes digitales. Y eso, hoy, no es un detalle menor. Es exactamente donde está el valor.
Y eso, en definitiva, es Roadster: una aventura con el viento en la cara y el sol en la frente, y poder contarla a la vuelta en un libro de tu mesa ratona. Porque si las grandes editoriales del mundo pueden hacer eso con el arte, la moda y la arquitectura, yo quiero hacerlo con algo todavía más valioso: las historias y las pasiones de las personas. Tu colección de carteras. Tus baúles. Tus pañuelos de seda. En definitiva, tu historia. El lujo de tener un libro personal —o un cuadro pintado a mano— hoy puede ser tuyo. Si ya tenés una idea dando vueltas, no esperes: escribime a agustin@roadster.com.ar
