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Vinos argentinos de colección

Descorchar o esperar?

· Vinos finos,Coleccionismo

Esta semana en Nueva York, Sotheby's está cerrando una subasta que lleva el nombre justo: Finest & Rarest Wines, Collecting the Extraordinary.
Verticals Domaine Ponsot en Clos de la Roche. Magnums de Clos de Vougeot de Georges Mugneret-Gibourg. Botellas de Gevrey-Chambertin, Les Cherbaudes, de Domaine Fourrier, con estimaciones que arrancan en los US 650 y escalan según la cosecha y el viñedo. Nombres que, si no estás en el mundo del vino fino, no significan nada. Si estás, significan todo.

En Acker, la casa de subastas de vino más grande del mundo, en marzo de este año, se vendió por US 812.500, la botella de vino más cara jamás subastada en la historia. El Domaine de la Romanée-Conti cosecha 1945 —de la cava personal de Robert Drouhin, patriarca de la Maison Joseph Drouhin en Borgoña— pulverizó el récord anterior, que pertenecía exactamente al mismo vino: otra botella de la cosecha 1945 de Romanée-Conti, también salida de la cava de Drouhin, que se había vendido en Sotheby's en 2018 por US 558.000 (esa misma noche, una segunda botella idéntica alcanzó los 496.000). Y antes de esa, el récord lo tenía una botella de gran formato de Château Mouton-Rothschild 1945, vendida en Sotheby's en 2007 por US 310.000.

Tres récords. Tres décadas. Y una sola conclusión: el vino fino es un activo. Y como todo activo serio, tiene su propio mercado, sus propios índices, sus propias reglas de valorización y sus propios coleccionistas, que piensan en términos de portfolio antes de pensar en términos de paladar.

Lo que mide el mercado, y por qué no es solo nostalgia francesa

El benchmark de referencia mundial para el vino como inversión es el Liv-ex, la bolsa de comercio de vino fino con sede en Londres.
Su índice más amplio, el Liv-ex 1000 —que sigue 1000 vinos de inversión repartidos entre Burdeos, Borgoña, Champagne, Italia y el resto del mundo— acumula un retorno superior al 120% desde 2013.
El Liv-ex Investables, que tiene historia desde 1988 y se concentra en Burdeos, llegó a acumular más de 2.000% de revalorización en ese período. El retorno anual compuesto de los índices principales viene rondando el 8% al 10% en la última década, una cifra que no avergüenza a ningún gestor de portfolio tradicional.

Lo más interesante no es cuánto sube el vino fino. Es cuándo sube. (Una de mis frases de cabecera es: La habilidad no radica en saber que algo puede salir mal, sino en cuándo).

El Liv-ex 1000 tiene una correlación históricamente baja con el S&P 500, el FTSE 100, el oro y los bonos corporativos: cuando las acciones se desplomaron en el arranque de la pandemia en 2020, el Liv-ex 100 subió 5,4%.
Cuando las tasas de interés se dispararon entre 2022 y 2023, el mercado de vino corrigió, pero no por las mismas razones que las acciones, sino porque el dinero sin rendimiento (como una botella guardada en una cava) se vuelve menos atractivo cuando el efectivo paga bien. Esa es, de hecho, la fotografía de 2026: después de 34 meses de corrección desde el pico de octubre de 2022 —con el mercado llegando a cotizar entre 25% y 30% por debajo de su máximo histórico—, el Liv-ex 100 viene de encadenar 6 meses consecutivos de subas, y el Liv-ex 1000 volvió a terreno positivo en septiembre de 2025. Los analistas de Cult Wines y WineCap proyectan retornos de entre 7% y 10% para 2026, con Borgoña e Italia liderando la recuperación.

En otras palabras: el vino fino tiene ciclos, igual que cualquier mercado. Y los que entienden esos ciclos —no los que entran en la euforia ni salen en el pánico— son los que terminan, década tras década, capitalizando la diferencia.

Las mismas tres reglas, otra vez, aplicadas a una botella

Ya las escribí en esta columna hablando de relojes y de autos clásicos, y se cumplen exactamente igual acá.

Procedencia y conservación.
Un vino sin historia de cava documentada —sin saber si pasó treinta años a temperatura controlada o cinco veranos en un placard— vale una fracción de lo que vale el mismo vino con cadena de custodia clara. Por eso la procedencia "directa de la cava de Robert Drouhin" no es un detalle de catálogo: es lo que explica buena parte de los US 812.500.

Escasez real, no fabricada.
Domaine de la Romanée-Conti produjo apenas 600 botellas de su 1945, la última cosecha antes de que la bodega arrancara sus viñas más viejas, sobrevivientes de la filoxera y de dos guerras mundiales. Esa escasez no es una estrategia de marketing: es geología, historia y clima, todo junto, y no se puede replicar.

El horizonte importa más que el timing.
Los grandes vinos de guarda están pensados para evolucionar durante décadas, no para revenderse al año siguiente. El mercado del vino fino, como el de los relojes o los autos, recompensa al que entiende que el tiempo es parte del producto.

Las etiquetas que escriben la historia de los récords

Borgoña domina la conversación de las botellas más caras del planeta, y Domaine de la Romanée-Conti es, sin discusión, el nombre que más veces aparece en esa lista. Pero el podio tiene otros nombres que vale la pena conocer.

Château Mouton-Rothschild, en Burdeos, fue el dueño del récord mundial durante más de una década con su cosecha de 1945 —la añada de la victoria, la que cada botella conmemora con una etiqueta ilustrada especial—. Château Cheval Blanc, en Saint-Émilion, tiene en su 1947 una de las dos cosechas que la crítica internacional considera la cumbre absoluta de la historia de la bodega, y sus botellas de gran formato siguen estableciendo récords propios en Christie's.

Del otro lado del Atlántico, Screaming Eagle, en Napa Valley, demostró que el fenómeno no es exclusivamente europeo: su primera cosecha, la de 1992, alcanzó los US 500.000 en una subasta benéfica en el año 2000, ocho años después del lanzamiento, algo prácticamente sin precedentes para un vino tan joven y la base de lo que hoy se conoce como el fenómeno de los "cult wines" californianos. Aunque lo tomo con pinzas porque en las subastas benéficas se suele pagar mas.

Y, en el medio de todo esto, una red que pocos coleccionistas fuera del rubro conocen pero que es la más antigua y reputada del mundo: La Place de Bordeaux.

Un sistema de negociantes y courtiers, vigente desde hace siglos, que compra los vinos jóvenes directamente de las bodegas, los financia, y los distribuye dos años después a coleccionistas y mercados de lujo en 186 países. Entrar a La Place no es un trámite: hace falta reputación intachable y puntajes altos de la crítica internacional. Desde 1998, La Place empezó a sumar bodegas de otros países. Y ahí —justo ahí— aparece la Argentina.

Hay en la Argentina vinos de colección?

Acá es donde la mayoría de los artículos sobre vino como inversión se detienen, como si el mapa arrancara en Burdeos o Borgoña y terminara en Napa. Si incluyen a California por qué no a Mendoza?, veamos

Mendoza: el Grand Cru que el mundo tardó en reconocer

Si hay una bodega argentina que hoy se sienta, sin pedir permiso, en la mesa de las grandes casas del mundo, es Catena Zapata. Fundada en 1902 en Luján de Cuyo por el inmigrante italiano Nicola Catena, hoy dirigida por la cuarta generación con Laura Catena a la cabeza, la bodega tiene más puntajes perfectos de 100 puntos que cualquier otra bodega de Sudamérica. Su Viñedo Adrianna, en Gualtallary, Valle de Uco, a 1.500 metros de altura, es conocido en el mundo del vino como el "Grand Cru de Sudamérica" y fue votado el viñedo número uno del planeta en los premios World's Best Vineyards de 2023. En 2024, Jane Anson —la crítica especializada en Burdeos que evalúa los vinos que se ofrecen en La Place de Bordeaux— le dio 100 puntos al Adrianna Vineyard Mundus Bacillus Terrae Malbec 2021.
Un año después, Luis Gutiérrez, crítico de The Wine Advocate (la publicación fundada por Robert Parker), repitió el puntaje perfecto con el Adrianna Vineyard River 2021.

Ese Malbec con 100 puntos Parker, evaluado con la misma vara que un Château Lafite o un Château Latour, sale al mercado a US 250. Compará eso con lo que cuesta entrar al mundo de los Grand Cru Classé borgoñones o burdeleses. La brecha entre la calidad certificada por la crítica más exigente del planeta y el precio de mercado es, hoy, la oportunidad más clara que tiene un coleccionista temprano en todo el universo del vino fino.

Achaval-Ferrer, con su Finca Altamira en La Consulta, Valle de Uco, y Viña Cobos, el proyecto del enólogo californiano Paul Hobbs con su Marchiori Vineyard, completan, junto a Catena, el podio de las bodegas argentinas que Wine-Searcher ubica sistemáticamente entre las diez etiquetas más caras del país, con picos de precio que superan los US 600 la botella en el mercado secundario internacional.

Salta: los viñedos más altos del planeta

A 1000 km al norte, en los Valles Calchaquíes, está Bodega Colomé: fundada en 1831 por el último gobernador español de Salta, es la bodega en funcionamiento más antigua de la Argentina. Desde 2001 está en manos de la familia suiza Hess, que la convirtió en un proyecto totalmente biodinámico y construyó, en medio de las viñas, un museo dedicado en exclusiva a la obra del artista norteamericano James Turrell. Pero lo que hace de Colomé un caso único en el mapa mundial del vino es la altura: su viñedo Altura Máxima está plantado a 3.111 metros sobre el nivel del mar, uno de los más altos del planeta, con vides de hasta 160 años. A esa altura, la amplitud térmica y la radiación solar producen vinos —Malbec, Torrontés, Pinot Noir— de una concentración y una identidad que ningún otro terruño del mundo puede replicar, sencillamente porque no existe otro lugar con esas condiciones.

Río Negro: la Borgoña que nadie esperaba encontrar en la Patagonia

En 2003, Piero Incisa della Rocchetta —nieto de Mario, el creador del Sassicaia, el vino que reinventó la vitivinicultura italiana moderna desde Tenuta San Guido, en la Toscana— llegó a Mainqué, en el Alto Valle del Río Negro, después de probar en Nueva York un Pinot Noir patagónico que no podía sacarse de la cabeza.
Ahí encontró algo que ningún informe de mercado predice: viñedos de Pinot Noir sin injertar, plantados por inmigrantes italianos en 1932 y 1955, abandonados pero milagrosamente intactos.
Fundó Bodega Chacra. Sus vinos de parcela única —32, por el año de plantación de esa viña; 55, por la otra— llevan la firma conjunta de Piero y de su amigo borgoñón Jean-Marc Roulot, y hoy se cuentan entre los Pinot Noir mejor puntuados del Hemisferio Sur. La crítica internacional —Luis Gutiérrez llegó a llamar a Piero "el Michelangelo del Pinot Noir"— le otorgó 100 puntos al Mainqué, considerado por muchos el mejor vino de la Argentina, en un país cuya reputación internacional sigue, injustamente, atada solo al Malbec. A pocos kilómetros, su prima Noemí Marone Cinzano fundó Bodega Noemía, con el enólogo danés Hans Vinding-Diers al frente, construyendo desde el Malbec de viñas viejas patagónicas el mismo tipo de relato: identidad de lugar, escasez real, reconocimiento internacional creciente.

Bueno, bonito y barato, entonces?

La Argentina vitivinícola de alto nivel ya cruzó la línea que separa "vino bueno a buen precio" de "activo de colección blue-chip", pero el mercado internacional todavía no terminó de procesar esa noticia.
Cuando un Malbec de Gualtallary recibe el mismo puntaje perfecto que un Château Margaux y cuesta una fracción de lo que cuesta entrar a esa categoría en Europa, no es una curiosidad regional. Es la misma asimetría que cualquier inversor inteligente buscaría en cualquier otro mercado: un underdog o como decimos en Argentina: un tapado.

Eso no significa que todo lo que se produce en el país sea coleccionable. Significa que las etiquetas correctas, de las bodegas correctas, en las parcelas correctas ya están jugando, con datos concretos y puntajes verificables, en la misma liga que Borgoña y Burdeos. Y todavía se puede entrar a precio de descubrimiento.

Te gustaría tener un Coffee-table book sobre Vinos de colección argentinos?

Hay coleccionistas con guardas extraordinarias, armadas con el mismo criterio y la misma paciencia que un coleccionista de relojes o de autos clásicos. Botellas que documentan veinte años de decisiones, de viajes, de visitas a bodegas, de apuestas tempranas a un Malbec de altura cuando nadie más miraba para ese lado, que cuente la procedencia de cada botella, el por qué de cada elección, el contexto de cada añada.
Y esa historia, muy pronto se verá reflejada en una de nuestras ediciones junto a una caravana de los mejores autos clásicos del país.

Acuarelas como Regalo Corporativo


Vendrá acompañado de una serie de originales en acuarela y caligrafía en tinta. El retrato de esa botella irrepetible, de ese viñedo a 3.000 metros de altura, de la etiqueta que marcó el comienzo de tu colección. Una obra original, única, que funciona, además, como el regalo corporativo de alto impacto que ninguna vinoteca puede ofrecer: para el socio que abrió su primera Romanée-Conti con vos, para el cliente que cumple años, para quien ya tiene todo y a quien querés sorprender con algo que el dinero no compra en cualquier lado.

Y eso, en definitiva, es Roadster: una aventura con el viento en la cara y el sol en la frente, y poder contarla a la vuelta en un libro de tu mesa ratona. Porque si las grandes editoriales del mundo pueden hacer eso con el arte, la moda y la arquitectura, yo quiero hacerlo con algo todavía más valioso: las historias y las pasiones de las personas. Tu cava. Tus viñedos. Tus añadas. En definitiva, tu historia. El lujo de tener un libro personal —o un cuadro pintado a mano— hoy puede ser tuyo. Si ya tenés una idea dando vueltas, no esperes: escribime a agustin@roadster.com.ar

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