Hay objetos que uno tiene en casa y que, si los mirás con atención, dicen mucho más de vos que cualquier otra cosa. No el sillón, no el cuadro que compraste porque "iba bien con la pared". Hablo de esos libros grandes, pesados, que viven sobre la mesa ratona o en el estante más visible del living. Los que no se guardan. Los que están ahí, a la vista, disponibles para que cualquiera los hojee, los toque, se detenga en una imagen y diga "esto es hermoso".
Eso es un coffee table book. Y aunque el nombre suene importado —porque lo es— la idea detrás es profundamente humana.
Un libro que no se lee.
La diferencia fundamental entre un coffee table book y cualquier otro libro es esa: no está pensado para ser leído de corrido. Está pensado para ser recorrido. Para abrirlo en cualquier página y encontrar algo que te detenga. Una fotografía que te quite el aliento. Un detalle tipográfico que solo notás si te tomás el tiempo. Una imagen que ya viste mil veces pero que impresa, te parece nueva.
Tiene más en común con una exposición de arte que con una novela.
Y eso, en términos de diseño, es la diferencia entre comunicar y hacer sentir.
¿Cómo nació todo esto?
Si tuviera que ponerle una fecha de nacimiento al coffee table book moderno, diría que se desarrolla con la industria editorial norteamericana de posguerra. En los años 50 y 60, con la expansión de la clase media y la llegada del color a la impresión masiva, empezaron a aparecer libros de gran formato dedicados al arte, la arquitectura y la fotografía. Libros que antes solo existían en versiones académicas, pensadas para museos o universidades, de repente llegaban a los hogares.
La idea era simple y revolucionaria al mismo tiempo: democratizar la experiencia de tener arte en casa.
Si no podías colgar un Miró en tu living, podías tener un libro sobre Miró. Y ese libro, bien editado, bien impreso, bien encuadernado, tenía una presencia física que iba mucho más allá de ser un simple volumen. Era un objeto... Y una declaración.
El objeto como símbolo
Acá entra algo que los diseñadores entendemos muy bien: la diferencia entre función y significado.
Un libro cumple una función. Te transmite información, te cuenta una historia, te enseña algo. Pero un coffee table book agrega una capa que va más allá de lo funcional. Es un objeto que habla por vos cuando no estás en la sala. Dice algo de tus gustos, de tus referencias, de lo que te importa. No por casualidad, en los 80, tener ciertos títulos sobre la mesa era casi un código entre personas del mundo del diseño, la moda, la arquitectura o el arte.
Cuando entrabas a una casa y tenían el Helmut Newton de Taschen, ya sabías con quién estabas hablando.
Esa dimensión simbólica es la que lo convirtió, con el tiempo, en un objeto de lujo. Y no estoy usando la palabra lujo en el sentido frívolo.
Lujo, en su acepción más interesante, es aquello que va más allá de lo necesario para entrar en el territorio de lo deseado. El coffee table book es exactamente eso.
El rol de las grandes editoriales
No podría contarte esta historia sin mencionar a las tres editoriales que, para mí, definen el género en su máxima expresión.
Phaidon, fundada en Viena en 1923 y relanzada en Londres en los 90, tomó el camino de la autoridad intelectual. Sus libros sobre arte, diseño y gastronomía son casi enciclopédicos, pero nunca fríos. Tienen esa capacidad de hablarle al experto y al curioso al mismo tiempo. El famoso The Art Book o cualquiera de sus CTB de Diseño de Interiores son piezas que uno puede tener veinte años y seguir consultando.
Taschen, la alemana fundada por Benedikt Taschen en Colonia en 1980, empezó vendiendo comics y terminó siendo la referencia mundial en libros de arte, fotografía, arquitectura y cultura pop. Lo que Taschen entendió antes que nadie es que el diseño del libro en sí mismo era parte del contenido. El formato, el papel, la encuadernación, la secuencia de imágenes: todo comunica. Y pudieron combinar precios accesibles con el lujo de las ediciones especiales —algunas de las cuales pesan varios kilos y vienen con su propio atril—.
Assouline, el más joven de los tres —nació en París en 1994— es quizás el que llevó el coffee table book más cerca del mundo del lujo en sentido estricto. Moda, viajes, hoteles, figuras del jet set. Sus libros tienen una estética muy particular: elegantes, minimalistas, con esa sofisticación francesa que parece fácil y no lo es. Assouline entendió que el libro podía ser un accesorio de lifestyle, algo que convive con una vela y un frasco de perfume sobre una repisa.
Cada una a su manera, estas tres editoriales expandieron los límites de lo que un libro podía ser.
Y entonces, ¿qué cambió para siempre?
Lo que cambió es la percepción del libro como objeto con valor en sí mismo, independientemente de su contenido. Antes, el valor de un libro estaba en las palabras que contenía. A partir del coffee table book, el valor empezó a estar también en cómo estaba hecho. En el papel, en las imágenes, en si la tipografía respiraba o estaba apretada. En si la tapa era dura, en si tenía sobrecubierta, en si el lomo aguantaba...
Para alguien que viene del diseño, esto no es una novedad. Nosotros siempre supimos que la forma importa tanto como el contenido. Pero el coffee table book lo volvió visible para todo el mundo.
Y eso, en definitiva, es Roadster, una aventura con el viento en la cara y el sol en la frente, y poder contarla a la vuelta en un libro de tu mesa ratona, porque si las grandes editoriales del mundo pueden hacer eso con el arte, la moda y la arquitectura, yo quiero hacerlo con algo todavía más valioso: las historias y las pasiones de las personas. Tu colección de relojes. Tus viajes. Tus zapatos. En definitiva tu historia.
El lujo de tene un libro personal, hoy puede ser tuyo. Si ya tenés una idea dando vueltas, no esperes: escribime a agustin@roadster.com.ar